Triste el cielo, triste la fortaleza, triste el pueblo | Columna

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Tengo el corazón acongojado, la lluvia nos espera suave, una antesala, una premisa del caos. Las casas se ocultan en las faldas de la majestuosa Kuelap. Las nubes se han posado con angustia, los caminos se han complicado, los charcos nos reciben a la vuelta de la esquina, y empezamos a escalar. El pueblo hace ruido a lo lejos, los murmullos, la queja, la indignación se palpa, el reclamo camina hasta lo que es la entrada de la fortaleza que se cae a pedazos.

El pueblo de Kuelap se ha levantado me cuentan los árboles mientras subo las pendientes. El aire en este punto llega con mayor dificultad, la zozobra se instala con mayor comodidad, mientras, los caballos pastan en los alrededores. Los pobladores se movilizan en los caminos, niños, hijos, mujeres y hombres nos reciben, nos preguntan ¿Qué hacemos? ¿De dónde venimos? Les explicamos que somos la prensa, nos dejan seguir el camino adelante de ellos, para ellos es mas importante que lleguemos adelante, quieren que el mundo los escuche. En unos pocos minutos ya nos encontramos cerca del camino empedrado que nos lleva a la fortaleza.

Triste el cielo, triste la fortaleza, triste el pueblo.

La entrada esta cercada por cintas amarillas que tienen estampada la palabra “Peligro”. Kuelap está ahí, ruidosa, sus piedras se caen minuto a minuto, tal vez solo ella sabe lo que valen cada una de ellas.

El tumulto se moviliza preocupado, caminan de un lado a otro. Esperan a las autoridades, discuten entre ellos, el olvido se siente en sus palabras, la rabia que causa la paralización de su pueblo. No hay respuesta de aquellos a quienes depositaron su confianza.
El tiempo se alarga, las nubes se cargan, la tormenta está apunto de darse paso entre la fortaleza y el bosque.

La prensa recibe información desde el ministerio de cultura, el ministro no podrá llegar. La lluvia no lo permite. Se quedará en Bagua por ahora. Entonces a todos se nos vuelca el estómago. Ya es martes, los días pasan, no hay respuesta, no hay informe y no hay responsabilidades.

La gente se reúne en la parte baja de la entrada de la fortaleza, en una chocita de paja y palo, protegiéndose de la intensa lluvia, el alcalde y la prensa los acompañan, están acongojados, decepcionados, se sienten engañados, ya no confían en sus autoridades. Y toman la palabra uno a uno, la voz de doña Rosa Beatriz cruza la lluvia y el viento y llega al corazón del pueblo al que pertenece. ¡Tomaremos Kuelap, hasta que nos den solución!

El director de la DDC Amazonas deambula entre los pobladores, silencioso, por ahora, le piden explicaciones, no las quiere dar en un principio, pero la prensa es insistente y lo llevan hasta la zona del derrumbe.

Mientras él nos explica cuantos metros de los muros de nuestra fortaleza han caído la población irrumpe las citas de seguridad, lo quieren escuchar. Tiene letreros en las manos pidiendo ayuda, autonomía, acción.

“Todo el presupuesto llega de Lima, por mas expedientes que mandemos, ellos siempre tienen una negativa”
Entonces estamos sin autonomía y olvidados, el clima es excusa. Las declaraciones terminan sin mayor información.

El pueblo se reúne nuevamente debajo de la pequeña choza que los cubre, el prefecto se hace presente con un discurso alentador sobre la confianza que se debe depositar en el gobierno, pero el pueblo no es tonto, ya no le cree. Su voz ya no tiene cuerpo, ya no tiene verdad, le quedan excusas y palabras que parecen salidas de un discurso de campaña.

Mañana se repetirá la historia, volveremos a subir hacia la fortaleza con la esperanza de recibir la ayuda que desde hace años se nos ha negado.